Desde la resiliencia

Investigación, texto e infografía: Alicia Galarraga

Andrea Peñaherrera, la protagonista de esta historia, en su ceremonia de graduación de psicólogía clínica.

Esta es una historia que pudo ser de muerte. Pero es de sobrevivencia.

Desde su infancia, Andrea Peñaherrera supo que le gustaban las niñas. En la escuela, las autoridades y las maestras la llamaban «manzana podrida». Su madre le repetía que prefería tener una hija muerta antes que «marimacha».

Un estudio de la organización no gubernamental Taller de Comunicación Mujer compuesto de 258 muestras, concluye que el lugar donde las personas LGBTIQ+ (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, intersexuales, queer) reciben el mayor número de agresiones es su hogar. Estas agresiones son de tipo físico en un 19%; psicológico en 17% y sexual, 6%. El INEC corrobora estas cifras. El 70,9% de entrevistados sufrió algún tipo de violencia en su hogar debido a su orientación sexual.

Cuando Andrea era adolescente, su madre la llevó a una psicóloga para que le quite de la cabeza «esas ideas distorsionadas sobre su sexualidad». Andrea escuchó de esta profesional que las lesbianas terminan suicidándose. O en el infierno. Andrea se rehusó a tomar estas expresiones como verdaderas y decidió estudiar psicología clínica. Para la profesional que la atendía de niña, las lesbianas no debían estudiar psicología porque eran «peligrosas».

En la actualidad Andrea trabaja como psicóloga acompañando a personas LGBTIQ+. Entre los casos más conmovedores, recuerda el de un joven que fue ingresado a una clínica de deshomosexualización por su madre. Ella era de condición económica vulnerable y pagaba el «tratamiento» con sacos de arroz. El joven fue asesinado en el interior de la clínica de deshomosexualización.

Otros chicos que estaban ahí recibiendo «tratamiento» le contaron a la madre que el joven fue ahogado con los mismos sacos de arroz que llevaba para pagar el internamiento. La madre puso la denuncia ante la justicia. Sin embargo, la denuncia fue archivada sin que haya existido sentencia.

Lo más grave es que el dueño de este centro de deshomosexualización continúa abriendo espacios similares. Tras la muerte del joven, al ser notificado por la Fiscalía General del Estado para las investigaciones, inauguró otra «clínica» en un lugar diferente del país. Al respecto, Andrea Peñaherra cree que «la justicia parece no llegar para las minorías LGBTIQ+. Esta impunidad es lo que nos mantiene siendo una población minada y aminorada en derechos«.

¿Cuánto podría costar una «terapia» en un centro de deshomosexualización?

En enero del 2017, el Comité para la Tortura de la ONU (Organización de las Naciones Unidas) emitió un informe sobre el caso ecuatoriano. El Estado recibió un llamado de atención por la situación de personas LGBTI encerradas en centros clandestinos de deshomosexualización en contra de su voluntad. Este tipo de tratos son considerados por organismo internacionales de defensa de derechos humanos como «degradantes» y representan una «forma de tortura». Al Comité para la Tortura de la ONU, además, le llamó la atención que ninguno de los casos denunciados haya terminado con sentencia. El Estado ecuatoriano, hasta la fecha, no ha respondido.

Si bien estos centros están prohibidos, funcionan bajo la figura legal de clínicas para tratar adicciones. El Ministerio de Salud tiene registrados y autorizados sesenta centros que funcionan como tales en el país. En estos lugares las personas LGBTIQ+ son sometidas a violaciones sexuales, administración de hormonas, descargas eléctricas, baños con agua fría y encierro en celdas minúsculas sin acceso a servicios básicos ni alimentos. Andrea se pregunta, «¿qué tipo de seguridad existe para las personas LGBTI Q+ en sus hogares, si sus propios familiares los exponen a secuestro, encierro y tortura?»

El caso de Andrea es excepcional. Según las cifras del INEC, pese a que el 31,8% de población LGBTI entrevistada cuenta con educación superior, solo el 3,5% tiene acceso a posiciones de gerencia o dirección y el 49,5% obtiene sus ingresos dedicándose a «vendedores de comercios y mercados». En Guayaquil, el 4% de empresas está dispuesta a contratar personal transexual.

La homosexualidad fue despenalizada en Ecuador en noviembre de 1997. Sin embargo, Andrea considera que en el país todavía queda mucho por hacer en cuanto a acceso real a derechos para estos ciudadanos. Y aunque su trabajo sea «como el de una hormiga», cree que hacerlo ayuda a que otras personas LGBTIQ+ vivan destinos libres, donde su condición sexual no sea un impedimento ni un motivo para avergonzarse o no cumplir sus sueños.

Luces arcoíris en Carondelet para frenar 99 puñaladas de odio

Familiares y amigos de Javier Viteri, en plantón, el 16 de junio último. Ellos exigen condena para el asesino de Javier.

La noche del 27 de mayo del 2020, a Javier Viteri lo asesinó el conscripto Hilmar Corozo de 99 puñaladas. Se espera que Corozo reciba una pena de 34 años de reclusión. Javier, que a la fecha del asesinato tenía 22 años, no pudo concluir sus estudios de medicina y su sueño de un mundo sin discriminación quedó truncado.

«Cuando todo esto termine, nos encontraremos más fuertes, más sabios, más conectados con nosotros mismos y capaces de disfrutar y apreciar a las personas y las cosas que realmente importan”, Javier Viteri

Pese a lo extremo del crimen, en Flagrancia no fue ingresado como delito de odio. La doctora penalista, Gina Gómez de la Torre, considera que estas omisiones de la justicia no permiten que se establezcan estadísticas certeras en cuanto a asesinatos por condición sexogenérica de las víctimas. Por lo tanto, es imposible establecer políticas públicas encaminadas a proteger a la población LGBTIQ+.

En la conmemoración del Día del Orgullo, en el palacio de Carondelet se encendieron luces arcoíris. Así lo hizo saber el presidente de Ecuador, Guillermo Lasso, en su cuenta de Twitter. Muchos internautas lo cuestionaron porque consideran que se está imponiendo la «ideología de género».

Es necesario que desde las esferas de poder se incentive el respeto a los ciudadanos LGBTIQ+. De lo contrario, crímenes como el de Javier seguirán ocurriendo y lo «normal» será fomentar el odio.

Medios digitales en Ecuador, ¿un terreno por explorar?

Un terreno por explorar?

Infografías sobre los medios digitales en Ecuador

Carla Maldonado, periodista que fue corresponsal de El Comercio en Europa, reportera en Expreso, Directora General en El Telégrafo; y trabaja ahora en La Posta, considera que los medios digitales en Ecuador no utilizan las nuevas narrativas que caracterizan a los medios digitales. Lo que han hecho es trasladar sus contenidos al internet sin que eso signifique convertirse en un medio digital como sucede con New York Times, The Washington Post o El Clarín.

Actualmente Carla Maldonado escribe para un libro que se imprimirá en Ecuador sobre la evolución del periodismo en el país. El título de su capítulo es «De la máquina de escribir a lo digital».

1. «El buen periodismo digital debe tomar lo clásico del periodismo y plasmarlo en las herramientas de narrativa digital. Ese es el éxito de un modelo de periodismo en el contexto actual»

2. «Más allá de las nuevas narrativas, el periodismo necesita estudiantes que se conviertan en líderes comprometidos. De lo contrario, el país está destinado a repetir y girar en una rueda infinita de errores»

En la siguiente entrevista, Carla Maldonado aborda estos temas en detalle:

Elaborado por Alicia Galarraga

Esconder la opacidad en clasismo y racismo

Mayo del 2019: Jorge Yunda y Santiago Guarderas. Fotgrafía tomada de Flirck

Jorge Yunda no acepta sus responsabilidades administrativas. Pese a que sus acciones y omisiones abrieron el camino para su remoción de la Alcaldía de Quito.

Prefiere echar mano al clasismo y racismo. Según Yunda, no ha podido trabajar tranquilo, no ha podido trabajar en paz porque «siempre ha habido esa resistencia a que una persona del pueblo haya optado por un cargo de elección popular”.  Estas declaraciones las hizo en Radio Pichincha Universa, al día siguiente de ser removido de la Alcaldía de Quito.

La abogada Carolina Moreno no lo cree así. Junto a colega patrocinadora, Jessica Jaramillo, demostraron que Yunda incurrió en seis incumplimientos:

En una entrevista concedida a Alicia Galárraga, la doctora Moreno detalla cuáles fueron los seis incumplimientos que terminaron con la remoción de Yunda de la Alcaldía.

Si el funcionario es de origen popular, «¿que robe nomás?»

¿Este es el mensaje subliminal que Yunda desea posicionar?

¡Qué peligroso para la lucha contra la corrupción y la democracía!

Fernando Orozco: «Solo la muerte me detendrá»

Fernando Orozco, en las afuera de las oficinas de la Fiscalía General del Estado (FGE), durante su última visita a Quito en febrero del 2020.

Por Alicia Galárraga

Fernando Orozco se despertó sangrando por su parte íntima. Horas antes perdió la conciencia por el dolor físico y el quebranto emocional y moral.

Lo violó el caporal de La Lagartera del Cuartel Modelo de Guyaquil.

¿Su delito? Ser abiertamente homosexual. Era el año 1986. Fernando tenía veintidós años.

A noviembre de 1997, la Constitución de Ecuador, en una parte del artículo 516, penalizaba la homosexualidad hasta con ocho años de prisión. Bajo este marco legal, Fernando fue víctima de persecución tortura, detenciones y encarcelamientos extrajudiciales durante las décadas de 1980 y 1990.

En mayo del 2019, un grupo de ciudadanos LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, intersexuales), sobrevivientes de las torturas y abusos ejecutados por miembros policiales y agentes paraestatales, durante las dos décadas del siglo pasado, demandaron al Estado ecuatoriano por el delito de lesa humanidad.

Una investigadora que pidió se mantenga su nombre en reserva, tuvo acceso a los testimonios de los denunciantes. Ella calcula en doscientos el número de víctimas durante las décadas de 1980 y 1990. La cifra real nunca se conocerá porque un número no especificado de ciudadanos homosexuales y transexuales desaparecieron sin dejar rastro. Así como desaparece un vehículo. O un celular. «Solo son maricas». Y ninguna autoridad investigó. Sus familiares no se preocuparon de buscarlos. Y si aparecían muertos, tampoco se ocuparon de judicializar el caso. Total, los muertos eran considerado delincuentes por su orientación sexual.

***

En Quito, en febrero del 2020, después de una decena de intentos fallidos, logré concretar una cita con Fernando Orozco. Llegó a la hora pactada. Su amigo, Gonzalo Abarca, lo considera impuntual, «aunque ya se está reformando», bromea.

La cita con Fernando fue en los exteriores de las oficianas de la Fiscalía General del Estado (FGE) de la avenida Patria, en Quito. Estaba acompañado de Pachis Cuellar (+), quien llegó desde Cuenca y Gonzalo Abarca. Gonzalo y Fernando viajaron desde Guayaquil.

Las acciones de Gonzalo Abarca y Pachis Cuellar fueron decisivas para lograr la despenalización de la homosexualidad en noviembre de 1997. Gonzalo ya no defiende los derechos de los ciudadanos LGBTI. Se convirtió a la religión evangélica y le entregó la posta a Fernando Orozco. En febrero del 2020, Gonzalo estuvo presente en las afueras de las oficinas de Fiscalía, porque es uno de los denunciantes.

Después de poner la denuncia, Gonzalo y Pachis se marcharon. Para concretar la entrevista, Fernando y yo nos dirigimos a un restaurante que él sugiere, a pocos pasos de Fiscalía. Fernando encargó en ese lugar su equipaje. Es una mochila pequeña en la que cabe, con las justas, una mudada de ropa y artículos de limpieza personal. Fernando me explica que esa misma noche regresará en bus interprovincial a Guayaquil porque no le alcanza para pagar un hotel.

Fernando es bajito y enjuto. Tiene la piel canela y gruesa. Algunas arrugas cercan su rostro, en especial alrededor de la boca y los ojos. El cabello, canoso a sus 58 años, está recogido en una cola. Una bufanda de la bandera LGBTI adorna su cuello.

En el restaurante en el que conversamos, Fernando pide un almuerzo. Cuando llega su sopa, sancocho de carne, le agrega cucharadas y cucharada de ají. Repite el exorcismo de ají en el plato fuerte, seco de carne. Mientras Fernando almuerza, dice que no puede creer que, después de tantos años de espera, haya denunciado ante la justicia los abusos que sufrió en el tiempo en que se penalizaba la homosexualidad.

Fernando me mira de frente y me sorprende su sonrisa cálida, su alegría, chispa y optimismo, a pesar de haber sido encarcelado en tres ocasiones por su condición de homosexual. Luego dice que «hay gente homofóbica que prefiere abandonar un lugar antes que estar junto a mí». Eso le ha pasado algunas veces. La última, en el Hospital del Guasmo, en su natal Guayaquil. Con la madre de Félix Villacrés.

Félix es un joven de 22 años que Fernando rescató de la calle. Fernando obtuvo, con un trámite tortuoso de dos años, el carné de discapacidad para el joven. Además lo acompaña a las citas con el psiquiatra y supervisa que tome su medicación. Debe medicarse de por vida. Félix y Fernando son como padre e hijo. Félix considera que Fernando es impaciente, recto y mandón. A la vez, destaca su calidad humana:

-Si no fuera por Fernando, no sé qué sería de mi vida.

***

Ha pasado más de un año desde nuestra última entrevista personal. Fernando, que antes de la pandemia tenía su propia peluquería, en la actualidad labora para terceros en un negocio similar en Guayaquil. El día que lo contacté, tuvo una cliente de rayitos. Estaba contento por «el cachuelo».

Sin embargo, a Fernando le preocupa la suerte del resto de personas de la tercera edad LGBTI que no tienen oficio, trabajo o alguna forma de solventar sus gastos. Sus compañeros que lograron la despenalización de la homosexualidad en 1997, pertenecen, en la actualidad, a ese grupo de edad. Varios han muerto en la indigencia o asesinados en circunstancias que no se han esclarecido ni investigado.

Con su asociación, Años Dorados, Fernando contribuye a este grupo social. Con plata y persona, como se dice de forma coloquial. Además gestiona donaciones de masacarillas, canastas de víveres y pruebas PCR. Antes de la llegada del covid-19, Fernando les impartía clases de peluquería y estilismo, «para que tengan una forma de ganarse la vida». En Ecuador, la mayoría de personas LGBTI, no concluyen la educación básica. Sus familias son los primeras en estigmatizarlos y excluirlos. Sin educación ni ingresosos, se ven orillados a la prostitución, la venta informal o la indigencia.

-¿Cómo financia la asociación?

-¡Con mi trabajo de estilista!

Fernando y yo conversamos por teléfono para realizar esta pieza peridística. Fue pasadas las once de la noche, después que cocinó y cenó. Pescado frito y patacón, su comida favorita. Gonzalo Abarca lo acompaña. Recuerdan que son amigos desde que Fernando estaba en en el vientre de su madre y que, en su natal Guayaquil, en las décadas de 1980 y 1990, los homosexuales y transexuales se disfrazaban el 31 de diciembre. Era la única fecha en la que podían hacerlo sin ser detenidos.

-Tampoco nos conocían como LGBTI. Simplemente éramos gays o maricas.-recuerda Fernando.

Entre los dos amigos existe camaradería y respeto. No tienen apodos entre sí. Se llaman «compa» mutuamente. Gonzalo recuerda que Fernando, a finales del siglo pasado, fue parte del boom de estilistas gays en Guayaquil. Antes de tener esa fuente de ingresos económicos, los transexuales y homosexuales trabajaban en la cocina. «A todos les decían Rosita», recuerda Gonzalo. En efecto, las cifras dicen que menos del 4% de empresas en Guayaquil, están dispuestas a contratar personal homosexual o transexual. El 97% de entrevistados cree que Guyaquil es una ciudad homofóbica y transfóbica.

***

Fernando tiene esperanza en que se dictará sentencia favorable en la demanda de lesa humanidad que él y el resto de sobrevivientes interpusieron ante el estado ecuatoriano. La fuente reservada no es tan optimista. «Detrás de las torturas y asesinatos existió un aparataje estatal y paraestatal dirigido por León Febres Cordero y el Partido Social Cristiano. Esta organización política sigue ejerciendo injerencia y control en la justicia. La única salida es una demanda a nivel internacional».

Fernando no pierde las fuerzas ni la fe:

-Solo la muerte me detendrá-dice, en un hilo de voz, antes de colgar la llamada telefónica.

Histórico: Ecuador declaró inconstitucional la criminalización de aborto por violación

Con siete de nueve votos, el 28 de abril del 2021 la Corte Constitucional de Ecuador declaró inconstitucional la penalización del aborto en casos de violación.

En julio del 2019, Miriam Ernest Tejada de la Coalición Nacional de Mujeres del Ecuador; Olga Gómez de la Torre de la Fundación Desafío y Katherine Obando Velásquez, del Frente Ecuatoriano por la Defensa de los Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos, presentaran una acción de inconstitucionalidad. La jueza ponente fue Karla Andrade Quevedo.

El marco legal en el que se ancló esta decisión de la Corte Contitucional se relaciona con normas que violentan los derechos de mujeres, niñas y adolescentes, y grupos a quienes la Constitución considera de atención prioritaria en el artículo 35 de la Constitución de la República del Ecuador.

Según cifras del INEC del 2019, a lo largo de su vida, el 32, 7% de ecuatorianas de más de 15 años de edad fueron vícitmas de violencia sexual.

Fiscalía y el Consejo de la Judicatura manejan cifras que hablan de al menos 435 mujeres judicializadas y criminalizadas por abortar entre 2013 y enero de 2019; de ellas, alrededor de 30 mujeres fueron sentenciadas por este mismo hecho desde 2015.

Línea del tiempo

En Ecuador, niñas desde los 10 años de edad mueren por causas relacionadas a embarazos, parto o post parto

Según datos del INEC recopilados desde 1990 hasta el 2019, 45 niñas entre 10 y 14 años han fallecido por complicaciones en el embarazo, durante el parto o después del parto. Estos decesos se producen porque los cuerpos de las niñas y adolescentes no están preparados para embarazarse y ser madres. 779 adolescentes de entres 15 y 19 años fallecieron por las mismas causas y en el mismo periodo.

Sin mencionar el daño psicológico que sufren las niñas y adolescentes violadas y embarazadas y la obstrucción de sus planes de vida que se ven truncados al tener que enfrentar la experiencia prematura de un embarazo y el posterior nacimiento del fruto de la violación que las convierte en madres sin haberlo deseado ni planeado.

Al respecto, la Constitución de Ecuador penaliza las relaciones sexuales con menores de edad en el numeral 5 del artículo 175 del Código Penal. La norma señala que “en los delitos sexuales, el consentimiento dado por la víctima menor de 18 años es irrelevante”, es decir, el criterio del menor de edad no se toma en cuenta en el proceso judicial, aún cuando asegure que las relaciones fueron consensuadas. 

Es necesario que a más de la despenalización del aborto en casos de violación el Estado ecuatoriano integre acciones que garanticen que las mujeres, adolescentes y niñas ecuatorianas tengan acceso al goce pleno de sus derechos. Lo contrario es arrojarlas a la hoguera de la vulnerabilidad y la falta de oportunidades.

Autora: Alicia Galarraga

El centro histórico de Quito agoniza

Fotos, textos y audio: Alicia Galarraga

Calle Benalcázar, a pocos metros de llegar a la Plaza de San Franciso. A pesar un martes a las 11:00, se aprecia poca concurrencia.

Es la mañana de un martes de enero del 2021 y el centro histórico de Quito luce casi desolado. Según un informante que pide de forma expresa que se mantenga su nombre en reserva, todo es parte de un plan macabro que se conoce como gentrificación.

La gentrificación devalúa el valor de los inmuebles de un sector de una determinada ciudad para, en lo posterior, comercializarlos a valores irrisorios. Quienes los compran, por lo general pertenecen a grandes grupos económicos y en ellos instalan cadenas de hoteles internacionales o franquicias. Se puede mecionar a Bogotá, Medellín, Sao Paulo, Barcelona y Oporto como ejemplos de ciudades cuyos centros históricos han sido presas de la gentrificación.

Volviendo a la realidad del centro histórico de Quito, en la Benalcázar, por ejemplo, sacerdotes jesuítas pidieron a arrendatarios de décadas que desocupen los locales del inmueble que se aprecia en la foto superior. Esto sucedió hace seis años. En estos locales funcionaban una peluquería, un local de fabricación de piñatas de forma artesanal y un café donde se vendían quesadillas, quimbolitos, cafés, chocolates y humitas. La comunidad religiosa pidió la desocupación para instalar locales destinados al turismo.

¿No son atractivos turísticos una peluquería como las de antaño, una piñatería artesanal y una cafetería tradicional? En el interior de este inmueble, además, está previsto instalar un hotel de una cadena internacional. Han pasado seis años y nada de esto ha sucedido. Los locales están abandonados y por la calle Benalcázar casi no transita nadie.

Uno de los pocos locales que sobrevive a esta vorágine es el Restaurant San Francisco.

Restaurant San Fancisco. Se observa la fotogría de los fundadores. Data de 1958.

Este rincón icónico fue fundado en 1958. A pesar de las continuas visitas del Municipio de Quito, que más parecen acoso, la señora Juanita Zambrano, hija de los fundadores originales, sigue atendiendo a los clientes que llegan al lugar. Este sitio tradicional y emblemático pasó de tener diez empleados a funcionar con dos en la actualidad.

Interiores del Restaurant San Franciso cuyo funcionamiento data de 1958,

A continuación, una entrevista de la propietaria del local donde relata los inconvenientes que afronta por la peatonización y la ciclovía. Este capricho de las autoridades del Municipio de Quito le obliga a ella, como residente, a «rodear» cuadras y cuadras para llegar hasta su vivienda. También se refiere al acoso que realizan funcionarios municipales y cómo han bajado las ventas. No solo por la pandemia sino por la falta de planificación y el abandono por parte de las autoridades municipales.

De forma continua, los comerciantes formales del sector presionan por soluciones que les permitan mantener sus negocios. Muchos de ellos, como Pollos San Francisco, están por décadas en el centro histórico de Quito y se constituyen en patrimonio intangible de la ciudad.

En sus calles, casonas, piedras y recovecos se guardan memorias, sueños, recuerdos. Sitios emblemáticos ya han desaparecido. Otros, correrán la misma suerte si no se toman medidas.

Cinthia Zula

¿Su femicidio quedará en la impunidad?

Por Alicia Galarraga

Cinthia Zula, adolescente de dieciseís años de edad, oriunda y residente en Quito, desapareció el dos de enero del 2020. Su cadáver fue encontrado tres días después en el sector de El Teleférico. Exámenes forenses determinaron que Cinthia fue víctima de violación sexual y tortura.

Sin embargo, el veintidós de diciembre del año pasado se viralizó en redes sociales un desenlace inesperado ante los ojos de quienes seguimos su caso desde un inicio: Matías Valdiviezo, asesino confeso del crimen, recuperó su libertad.

¿Qué circunstancias se dieron para que Valdiviezo se encuentre de nuevo en las calles, gozando de impunidad? Esta fue la pregunta que le hice al abogado defensor de la familia de Cinthia, el doctor Jorge Cansino, cuya respuesta se encuentra en el siguiente audio:

Es decir, la libertad de Matías Valdiviezo es el resultado de una serie de irregularidades por las que debe responder el aparato de justicia. Como se puede escuchar a continuación, el doctor Cansino ha pedido una ampliación de la sentencia a la Corte Nacional de Justicia para con ella, iniciar acciones administrativas en contra de la Fiscal y el Juez que cometieron estas arbitraridades:

Como resultado, se ha perdido un año. Un año sin que los familiares de Cinthia reciban justicia y reparación. El camino que les queda, es iniciar de nuevo el proceso, pero en condiciones más complicadas porque se corre el riesgo que Matías Valdiviezo escape y no responda por su crimen.

Por otro lado, los familiares de Cinthia y el doctor Cansino tienen razones suficientes para creer que el femicida no actuó solo. Sin embargo, Fiscalía les cerró todas las puertas y alternativas que pudieron conducir a establecer de forma certera quién o quiénes acabaron con la vida de Cinthia con tanta saña y misoginia. En este entramado, Fiscalía tampoco dio paso a que se investigue a la institución educativa a la que asisitía Cinthia. El doctor Cansino explica las razones por las que se la debió incluir en las investigaciones:

Cinthia asisitía al Colegio Nacional Mixto Gran Bretaña. El día de su desaparición, ella y otros alumnos (entre ellos el asesino confeso) no llegaron al establecimeinto educativo. Sin embargo, las autoridades no reportaron esta novedad a los padres de los menores. Por otro lado, el doctor Cansino logró establecer que en el colegio Gran Bretaña se expendía alcohol y sustancias estuperfacientes prohibidas por la ley, además, que los alumnos frecuentaban lugares donde se realizaban fiestas clandestinas. Con estos antecedentes, el abogado defensor considera que son varias las pericias que debieron ordenarse desde Fiscalía para establecer las responsabilidades del colegio Gran Bretaña en la desaparición y femicidio de Cinthia.

El abogado defensor de la familia de Cinthia exhorta a los operadores de justicia para que, en el próximo proceso, se incluyan medidas de reparación que ordenen al Colegio Gran Bretaña instalar una placa en el establecimiento en memoria de Cinthia Zula. Además estas medidas de reparación deben incluir en la malla curricular una materia que sensibilice a los adolescentes del peligro de la violencia.

Para entrevistar a la madre de Cinthia, llegué hasta la parte alta de la avenida Occidental, a la altura de El Condado. El sector en el que vive Miriam y que responde al nombre de Jardines del Pichincha, no cuenta con calles pavimentadas. Tampco llegan líneas de buses y si se desea tomarlos, es necesario realizar un recorrido a pie de seiscientos metros.

Miriam está indignada por el proceder de la justicia. Se siente burlada y ha tomado la determinación de no claudicar ante la impunidad, que es la única respuesta que le han entregado los operadores de justicia hasta el momento. Ella recuerda que la Fiscal que llevó el caso, la doctora Verónica Barragán, le comunicó que la madre de Valdiviezo es de condición vulnerable, por lo que le es imposible cumplir con una repararación económica a la familia de la víctima (¿?).

Con estas consideraciones, la Fiscal Barragán asumió que era suficiente con que Valdiviezo ofrezca disculpas públicas a los familiares de Cinthia y que se comprometa a no quitarle la vida a nadie más. Es indignante que para la Fiscal Barragán sea prioritario cuidar el bolsillo de Valdiviezo. Además la Fiscal Barragán parece ignorar que, sobre ese interés tan particular y mezquino, está el derecho a la reparación que tiene la víctima; dicho derecho no puede ser interpretado por la Fiscal Barragán. Sus actuaciones deben ser examinadas por el Consejo de la Judicatura.

Su proceder, a más de ser una burla para la víctima y su familia, se va en contra de la ley. La Fiscal Barragán cuidó tan bien el bolsillo del femicida que, en la etapa final del proceso, Valdiviezo fue representado por un abogado privado, conocido por sus elevados honorarios. Al respecto, a la madre de Cinthia le surgen varias dudas: si, según la Fiscal, Valdiviezo y su familia no estaban en las condiciones de efectuar una reparación económica a la familia de Cinthia, ¿quién pagó al abogado?, ¿existen interesados en que sea Valdiviezo el único procesado por el crimen de Cinthia?, ¿por qué se pretendió archivar el caso?

Miriam se pregunta y le pregunta a la Fiscal Verónica Barragán ¿cómo va a cancelar terapias psicológicas para ella y la hermana gemela de Cinthia con las disculpas públicas que la Fiscal Barragán ordenó como medida de reparación? Se trató de contactar con la Fiscal en mención. Sin embargo, el departamento de comunicación de la Fiscalía General del Estado no dio paso al requerimiento.

Por otro lado, es imposible no considerar un daño y quebranto en la salud de Miriam. Para tener información certera al respecto, se solicitó el criterio profesional de la doctora Gabriela Romo. Después de revisar a Miriam, su diagnóstico es el siguiente:

Como sociedad, no podemos mantenernos indiferentes a la injusticia, los atropellos, la falta de sensibilidad y la impunidad. Me uno a las palabras del abogado defensor de la familia de Cinthia: no es posible permanecer en silencio ante su femicidio y recalca:

«ayer fue Cinthia, mañana puede ser cualquier otra mujer, niña o adolescente».

Doscientos setenta días

Por Alicia Galarraga

«En la plaza está la pequeña pared de los viejos que miran pasar la juventud; el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos son ya recuerdos».

Las ciudades invisibles, Italo Calvino
Plaza Grande en Quito durante un atardecer de finales de septiembre del 2020, a pocos días que las flores de arupo se duerman anunciando la finalización del verano. Un año atípico: por el semáforo rojo, casi nadie vio el florecimiento de los arupos.

Antes del 16 de marzo del 2020, el centro histórico de Quito tenía lugares emblemáticos cuyos orígenes se remontan a la mitad del siglo pasado. Después de doscientos setenta días de pandemia, algunos de ellos desaparecieron. Para siempre.

Primera parte: cien días

«Los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas juntas sobre las puertas de las freiduras, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a esta y haber sido aquella vez felices».

Las ciudades Invisibles, Italo Calvino

Crecí entre las estrechas calles del centro histórico de Quito. La casa de mi infancia estaba sobre la calle Cuenca, frente a la Iglesia de la Merced. En aquel entonces, me bastaba con salir por el balcón para encontrarme, a pocos metros, con la imponente vista de la campana de aquella centenaria Iglesia. Escucharla también me era muy cotidiano y familiar: sus campanadas sonaban para llamar a los feligreses a las misas, los rosarios y las procesiones.

Hacia el sur, en la misma calle Cuenca, se ubicaban cuatro tiendas de abarrotes; todas vendían helados de coco caseros y aunque los helados de coco son la cosa más sencilla y fácil de preparar, cada uno de los dueños tenía su propia receta que los convertía en golosinas únicas y diferentes. 

Otro lugar que me trae recuerdos es la Plaza Grande y sus cafeterías instaladas bajo el atrio de La Catedral. Ingresar en ellas es toda una aventura: sus puertas son estrechas y el techo es bajísimo y caprichoso, tan caprichoso, que se une a las paredes formando ángulos redondeados.

Permanecer en el interior de estas cafeterías, brinda la sensación de estar dentro de una cápsula. Una cápsula perfumada con olor a quaker de naranjilla, café pasado y pernil. En consecuencia, quaker y sánduche de pernil era lo que yo degustaba en aquellas tardes inolvidables de mi infancia. Mientras tanto, mi padre, muy ceremonioso, solo tomaba café. 

Cuando era niña, El Madrilón, el emblemático café fundado en la segunda mitad del siglo viente, se ubicaba sobre las calles Chile y Benalcázar. Sus comensales eran asiduos clientes de los sánduches de pollo y los ponches. Ponches preparados con huevo, canela y vainilla que perfumaban con delicadeza aquella amplia y acogedora estancia. Ponches que mi padre me pedía mientras él, para variar, solo tomaba café.

En otras ocasiones, mi padre me llevaba al Meneses, un café ubicado sobre la Chile y Guayaquil que funcionaba desde los años cincuenta de aquel siglo XX. Cuando la elegante mesera me pasaba la carta, yo elegía el helado más grande y vistoso: 

-Banana split, por favor, con doble porción de crema chantilli. 

Mi papá, siguiendo su costumbre, se pedía un café. Yo lo miraba incrédula, pensando que, si fuera más grande, me pediría no solo la banana split sino también una torta de fresa y también un milk shake, otra de las especialidades del Meneses.

Los años han pasado implacables. Ya no vivo en la casa cercana al campanario de La Merced. Sin embargo, siento una atracción inexplicable hacia el centro histórico de Quito. Hasta antes del diez y seís de marzo del 2020, esa atracción inexplicable me llevaba a recorrerlo de forma religiosa una vez a la semana. Las tiendas de helados de coco son un recuerdo lejano y casi borroso; en su lugar, bazares de venta de artículos varios se han instalado.

 Las cafeterías del atrio de la Compañía han sobrevivido al tiempo y en su interior siguen encapsulados sus aromas emblemáticos, así que hago mi obligatoria parada; solo tomo café, como lo hacía mi padre cuando yo era niña. Cuando voy al Madrilón, que ya no se ubica en la Benalcazar y Chile sino en el Pasaje Tobar, también me pido un café:

-Bien cargado, por favor. 

La mesera me sonríe. Me conoce desde niña y siempre que me despido me dice en un tono que otorga la familiaridad del tiempo:

-Salude a su papá.

Le doy una propina, le devuelvo la sonrisa mientras le respondo:

-Muchas gracias, así lo haré.

Mientras me alejo, no dejo de pensar en los clientes asiduos del Madrilón. Son todos señores de la tercera edad y hablan de política. Pero no de la actual, sino de la que se escribió cuando ellos eran jóvenes, allá por los años 1960 y 1970: Velasco y Bombita, los militares, la dictadura, el primer barril de petróleo.

A más de seguir atenta sus conversaciones, analizo su vestimenta. Siempre llevan traje a juego con sombrero de paño o boina y mientras platican, piden tintos; acto seguido, sacan una botellita envuelta en una funda de papel y le agregan un chorrito de su contenido a los tintos.

En mi recorrido habitual, la siguiente semana, es el turno de la cafetería Meneses. Repito el ritual: 

-Un cafe. Bien cargado, por favor. Como en el Madrilón, la mesera me sonríe con familiaridad:

-¿Ya no pide banana split?, me pregunta.

-No, le contesto. Ahora soy una persona seria.

Las personas serias, a más de tomar café, visitan joyerías, librerías, museos, bibliotecas, tiendas de antigüedades . Así que como toda una persona seria, ingreso a una joyería ubicada en la calle García Moreno. Un amable y solícito señor de la tercera edad me  da la bienvenida con una sonrisa.

Entro con un poco de recelo, observo las pocas y empolvadas joyas que todavía le quedan para la venta, además de algunas antigüedades. Pongo más atención y sobre una de las paredes veo un título enmarcado. Leo “Orfebre Profesional, 1968”. Le pregunto al señor si él es el dueño de ese título que cuelga de la pared y me responde:

-Sí, a la orden.

-Ya no hay muchos orfebres en Quito-le comento.

-No, quedamos muy pocos.

Reflexiono y me digo: “no quiero que estos espacios desaparezcan sin dejar rastro, como les pasó a las tiendas de los helados de coco de la calle Cuenca. Así que un día regresaré, le haré una entrevista a este señor orfebre y publicaré un libro sobre su tienda y el resto de lugares únicos que sobreviven en las calles del  centro histórico de Quito. De esta forma, su existencia se preservará en la memoria y el tiempo. También guardaré en ese libro al Madrilon, el Meneses, a las cafeterías del atrio de la Catedral y a todos los lugares que solo existen en este mágico lugar de la capital ecuatoriana.”

Ya no tuve tiempo. Llegó la pandemia del coronavirus. La semana pasada salió en el periódico que el Meneses cerró, despues de setenta años de existencia. Hace cien días que no recorro las calles del centro historico. Lo siento tan cerca y a la vez tan lejos. No sé cuándo terminen las restricciones por la pandemia. No sé cuándo voy a volver.

Cuando regrese, ¿cuántos lugares habrán desaparecido? Hay noches que no puedo dormir y me pregunto ¿por que no lo hice cuando pude? Siempre pensé que tenía mucho tiempo. Ahora, ya es tarde.

Segunda parte: doscientos setenta días

«La ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos».

Las ciudades invisibles, Italo Calvino
Atardecer en el centro histórico de Quito en diciembre del 2020.

Es el mes de diciembre del 2020. Las medidas de seguridad y las alertas por la pandemia del coronavirus se mantienen inalterables. Pese a ello, siento una necesidad incomprensible de recorrer las calles del centro histórico. Un martes me decido a salir. Tomo todas las precauciones. En menos de treinta minutos estoy en el lugar.

Avanzo hacia el sur por la García Moreno y me detengo a contemplar a un señor que tiene un gatito al que lo alimenta mientras cuenta la historia de cómo lo halló en Huaquillas, flaco y moribundo. El señor lo rescató. Ahora, él y el gato, le sacan una sonrisa a los transeúntes a cambio de unas monedas.

Continúo mi recorrido y en la Guayaquil, a unas pocas cuadras antes de llegar a la Plaza de Santo Domingo, me llama la atención un almacén de artesanías de cuero. Veo una pequeña cartera roja. Caigo en cuenta que la mía es demasiado grande para realizar este tipo de periplos, que me pesa demasido, que me incomoda.

Al interior, me recibe una sonriente señora de la tercera edad . Me cuenta que las artesanías las elabora su hijo que heredó el arte de la talabatería de su padre.

Levanto la vista. En un rincón veo una maleta que, se nota a leguas, fue elaborada hace mucho tiempo:

-Por lo menos hace cuarenta años-me informa la amable señora.

-Con estas maletas, mientras mi esposo elaboraba los artículos de cuero, yo recorría el país y las vendía por montones. Eran bien demandadas-concluye.

Compro la cartera roja, me despido de la señora sin antes prometer que regresaré por la maleta. Tengo una fijación con las cosas antiguas, esa maleta me parece una excelente adquisición. Empino hacia el occidente. Encuentro en una esquina un puesto de revistas, las contemplo con atención. Son ediciones de antes de marzo del 2020. Veo una fotografía que circuló con mucha frecuencia en las redes sociales. Es la esposa del presidente Moreno en la portada la revista Hola. Su elegancia contrasta con la pobreza que existe en los alrededores.

Estoy cerca del Pasaje Tobar así que decido hacer una parada en el Madrilón que se ubica en su interior.

Un pequeño letrero me recuerda que este café funciona desde 1957. La mesera me comenta que hasta él llegaron para servirse café, ponche o sánduche de pollo, personajes como León Febres Cordero o el mismísimo Rey Juan Carlos de España.

Tomo algunas fotografías más. Mientras tanto, la mesera me comenta que los señores jubilados que a diario llenaban las mesas del fondo hasta antes de marzo del 2020, ya no han regresado.

Ordeno mi café cargado. Mientras lo sirven, miro a mi alrededor; una figura de Santa me recuerda que la Navidad está cerca. «Es la primera vez que estoy en este lugar completamente sola», me digo para mis adentros, mientras recuerdo las veces que estuve en el Madrilón buscando una mesa desocupada.

Me despido de la mesera, ella manda saludos para mi padre. Yo le agradezco, dejo una propina, me retiro pensativa. Tengo una sensación agridulce. Me alegre hallar abierto el Madrilón. Pero me entristece constatar que está desierto. «Si un día vengo y ya no lo hallo?», me pregunto. La tristeza me invade. El corazón se me encoge.

Cruzo por el Pasaje Amador. Me detengo frente a un local de fotografías que sobrevive al tiempo en que se tomaban fotos de carné o se acudía hasta el estudio de un fotógrafo profesional para que retrate a los miembros de una familia o a personajes de otras épocas.

Me detengo a mirar los escaparates. Hay fotografías de familias, de religiosas, de sacerdotes, de expresidentes. «Tiempos aquellos», pienso. Me gustaría entrevistar al fotógrafo. Una señora me recibe. Me dice que no está, que solo atiende bajo cita.

Cuando caigo en cuenta, son casi las dieciocho horas así que para terminar la tarde, pienso en visitar las cafeterías del atrio de La Catedral. Llego a la Plaza Grande y me encuentro con que están cerradas. Pregunto a una señora que atiende un puesto de caramelos en los alrededores si todavía las abren. Me contesta que sí, que siguen abriendo, pero no con regularidad.

A pesar de no poder ingresar a estas cafeterías de esquinas redondeadas, me marcho con una alegría en el fondo de mi alma. La niña que vive en mí, que tantas veces fue feliz frecuentando estos sitios, brinca mientras me dice en un murmullo acercándose a mi oído: «no te preocupes, regresamos la próxima semana «.

Gentrificación, la estrategia del abandono

Por Alicia Galarraga

Es la media tarde de un martes del mes de enero del 2021. Sin embargo las calles del centro histórico de Quito, en La Loma, se hallan desoladas. Camino por sus aceras acompañada únicamente de mis pensamientos.

A pesar de ser un sector emblemático de la capital ecuatoriana y los inmuebles que lo ocupan son parte del inventario patrimonial, lucen descuidados.

De todas formas, es imposible no quedar perplejo frente a sus fachadas, sus portones, sus chapas y sus piedras centenarias. ¿Qué historias guardan?, ¿qué pasó con aquellos que cruzaron por estos umbrales?, ¿dónde están ahora?

Sigo mi recorrido en solitario y me detengo ante este detalle en la fachada de una casa ubicada en la calle Leopoldo Salvador. ¿Por qué su belleza es indifrente a las autoridades?

¿Será porque existe un plan macabro llamado gentrificación y para llevarlo a cabo es preciso que el sector se arruine y desvalorice?

A pocas cuadras encuentro esta obra de arte en lo alto de un portón. Camino unos pasos y descubro que a esta hermosa casa colonial ¡la han convertido en parqueadero! La casa está en ruinas: vigas y paredes despostilladas es lo único que queda. No lo puedo fotografiar, «propiedad privada», me dice el empleado.

Siento el corazón encojido, la impotencia me invade. Decido pasar este trago amargo con un ponche en mi cafetería favorita del centro histórico de Quito, el Madrilón.