LUJO OFICIAL Y POBREZA CONVIVEN EN LA MISMA ACERA

Por @Aliciadorada

Hoy fui al centro histórico de Quito, ese centro histórico que ha sido galardonado con premios internacionales de turismo por sus bellas iglesias, catedrales, museos, plazas y edificios históricos.

Pero no pude sentir orgullo, ni alegría. Más bien vengo con una profunda tristeza, indignación e impotencia.

¿Qué más se puede sentir al mirar autos oficiales de gama alta, estacionados sin ningún respeto en las aceras que se supone son para los peatones? Los policías metropolitanos se hacen de la vista gorda, y pasan a su lado sin ni siquiera mirarlos, peor multarlos; pero si un camión de reparto, o el auto viejito de algún pequeño comerciante osa actuar de igual forma, ahí sí son bien eficientes, y en cumplimiento de la ordenanza, les clavan multas sin ningún miramiento. Además estos autos oficiales, que casi igualan en número a los autos particulares, congestionan las estrechas calles del centro histórico y cundo los burócratas que los ocupan quieren salir del centro histórico, los choferes usan sus sirenas, pitos, motos, guarda espaldas y cuanto artefacto se les ocurra, para que los despistados peatones se hagan a un lado y los autos que los preceden, aceleren o se suban a la acera…

Pero lo que más me duele e indigna es la cantidad cada vez más creciente de vendedores ambulantes. Son en su mayoría indígenas, mujeres jovenes, que recorren las calles del centro histórico con sus canastos con frutas. Y no solo llevan su pesada mercadería, sino que también sus espaldas, cargan sus niños. En otras ocasiones, los niños ya tienen 2, 3, 4 añitos y caminan apresurados, con sus pequeños pasitos, detrás de sus madres o padres, con sus cachetitos rojos y curtidos por el sol, sus ropitas mugrientas. Lloran, molestos, porque tal vez tienen hambre y engañan su diminuto estómago con cualquier chuchería que sus madres, con los pocos dólares que venden, pueden comprarles.

El día de hoy, veo a una mujer bastante joven, no tendrá más de 20 años, ya es madre, va con su fruta de venta; la acompaña una pequeña de unos 3 años, las dos descansan un rato, toman un jugo de coco que comparten; yo paso, apresurada, sumida en mis propios pensamientos, igual que los demás transeúntes. Le compro algo a la joven, por ayudarla de algún modo, incluso a liberarse de su pesada carga. Luego, me voy triste, con un nudo en la garganta, pienso que la joven madre, en lugar de vender frutas en la calle, debería estar estudiando en la universidad, pienso que es muy joven para tener una responsabilidad tan grande y tener unos ingresos tan inestables y bajos con los que tienen que mantenerse ella y su pequeña. Me pregunto qué oportunidades les ha dado a ella y a su niña la revolución, cómo les ha redistribuido la riqueza.

Veo a la niña, no la observo con atención porque no quiero ser indiscreta tampoco, pero no es necesario hacerlo, su carita se fija en mi mente: tan pequeña y ya tiene que luchar junto a su madre por sobrevivir. Me marcho, triste e indignada: no entiendo la indiferencia de los burócratas que van por el centro histórico en los carros costosos que pagamos los ciudadanos con nuestros impuestos, y menos que bailen, canten y coman, mientras en sus narices, les desfilan la pobreza y la falta de oportunidades.

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