Cinthia Zula

¿Su femicidio quedará en la impunidad?

Cinthia Zula, adolescente de dieciseís años de edad, oriunda y residente en Quito, desapareció el dos de enero del 2020. Su cadáver fue encontrado tres días después en el sector de El Teleférico. Exámenes forenses determinaron que Cinthia fue víctima de violación sexual y tortura.

Sin embargo, el veintidós de diciembre del año pasado se viralizó en redes sociales un desenlace inesperado ante los ojos de quienes seguimos su caso desde un inicio: Matías Valdiviezo, asesino confeso del crimen, recuperó su libertad.

¿Qué circunstancias se dieron para que Valdiviezo se encuentre de nuevo en las calles, gozando de impunidad? Esta fue la pregunta que le hice al abogado defensor de la familia de Cinthia, el doctor Jorge Cansino, cuya respuesta se encuentra en el siguiente audio:

Es decir, la libertad de Matías Valdiviezo es el resultado de una serie de irregularidades por las que debe responder el aparato de justicia. Como se puede escuchar a continuación, el doctor Cansino ha pedido una ampliación de la sentencia a la Corte Nacional de Justicia para con ella, iniciar acciones administrativas en contra de la Fiscal y el Juez que cometieron estas arbitraridades:

Como resultado, se ha perdido un año. Un año sin que los familiares de Cinthia reciban justicia y reparación. El camino que les queda, es iniciar de nuevo el proceso, pero en condiciones más complicadas porque se corre el riesgo que Matías Valdiviezo escape y no responda por su crimen.

Por otro lado, los familiares de Cinthia y el doctor Cansino tienen razones suficientes para creer que el femicida no actuó solo. Sin embargo, Fiscalía les cerró todas las puertas y alternativas que pudieron conducir a establecer de forma certera quién o quiénes acabaron con la vida de Cinthia con tanta saña y misoginia. En este entramado, Fiscalía tampoco dio paso a que se investigue a la institución educativa a la que asisitía Cinthia. El doctor Cansino explica las razones por las que se la debió incluir en las investigaciones:

Cinthia asisitía al Colegio Nacional Mixto Gran Bretaña. El día de su desaparición, ella y otros alumnos no llegaron al establecimeinto educativo. Sin embargo, las autoridades no reportaron esta novedad a los padres de los menores. Por otro lado, el doctor Cansino logró establecer que en el colegio Gran Bretaña se expendía alcohol y sustancias estuperfacientes prohibidas por la ley, además, que los alumnos frecuentaban lugares donde se realizaban fiestas clandestinas. Con estos antecedentes, el abogado defensor considera que son varias las pericias que debieron ordenarse desde Fiscalía para establecer las responsabilidades del colegio Gran Bretaña en la desaparición y femicidio de Cinthia.

El abogado defensor de la familia de Cinthia exhorta a los operadores de justicia para que, en el próximo proceso, se incluyan medidas de reparación que ordenen al Colegio Gran Bretaña instalar una placa en el establecimiento en memoria de Cinthia Zula. Además estas medidas de reparación deben incluir en la malla curricular una materia que sensibilice a los adolescentes del peligro de la violencia.

Para entrevistar a la madre de Cinthia, llego hasta la parte alta de la avenida Occidental, a la altura de El Condado. El sector en el que vive Miriam y que responde al nombre de Jardines del Pichincha, no cuenta con calles pavimentadas. Tampco llegan líneas de buses y si se desea tomarlos, es necesario realizar un recorrido a pie de seiscientos metros.

Miriam está indignada por el proceder de la justicia. Se siente burlada y ha tomado la determinación de no claudicar ante la impunidad, que es la única respuesta que le han entreado los operadores de justicia hasta el momento. Ella recuerda que la Fiscal que llevó el caso, la doctora Verónica Barragán, argumentó que la madre de Valdiviezo es de condición vulnerable, por lo que le es imposible cumplir con una repararación económica a la familia de la víctima.

Con estas consideraciones, la Fiscal Barragán consideró que era suficiente con que Valdiviezo ofrezca unas disculpas públicas a los familiares de Cinthia. Sin embargo, Miriam me informa que, en la etapa final del proceso, Valdiviezo fue representado por un abogado privado que es conocido por sus elevados honorarios. Al respecto, a la madre de Cinthia le surgen varias dudas: si, según la Fiscal, Valdiviezo y su familia no estaban en las condiciones de efectuar una reparación económica a la familia de Cinthia, ¿quién pagó al abogado?, ¿existen interesados en que sea Valdiviezo el único procesado por el crimen de Cinthia?

Y surge una duda más: a pesar de las múltiples irreguliaridades y vulneraciones al derecho a recibir justicia que tienen los familiares de Cinthia, ¿por qué se pretendió archivar el caso?

Miriam se pregunta y le pregunta a la Fiscal Verónica Barragán ¿cómo va a cancelar terapias psicológicas para ella y la hermana gemela de Cinthia con las disculpas públicas que la Fiscal Barragán ordenó como unica medida de reparación? Se trató de contactar con la Fiscal en mención. Sin embargo, el departamento de comunicación de la Fiscalía General del Estado no dio paso al requerimiento.

Por otro lado, es imposible no considerar un daño y quebranto en la salud de Miriam. Para tener información certera al respecto, se recurrió a solicitar el criterio profesional de la doctora Gabriela Romo. Después de revisar a Miriam, su diagnóstico es el siguiente:

Como sociedad, no podemos mantenernos indiferentes a la injusticia, los atropellos, la falta de sensibilidad y la impunidad. Me uno a las palabras del abogado defensor de la familia de Cinthia en el sentido que no es posible permanecer en silencio ante su femicidio y recalca:

«ayer fue Cinthia, mañana puede ser cualquier otra mujer, niña o adolescente».

Doscientos setenta días

«En la plaza está la pequeña pared de los viejos que miran pasar la juventud; el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos son ya recuerdos».

Las ciudades invisibles, Italo Calvino
Plaza Grande en Quito durante un atardecer de finales de septiembre del 2020, a pocos días que las flores de arupo se duerman anunciando la finalización del verano. Un año atípico: por el semáforo rojo, casi nadie vio el florecimiento de los arupos.

Antes del 16 de marzo del 2020, el centro histórico de Quito tenía lugares emblemáticos cuyos orígenes se remontan a la mitad del siglo pasado. Después de doscientos setenta días de pandemia, algunos de ellos desaparecieron. Para siempre.

Primera parte: cien días

«Los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas juntas sobre las puertas de las freiduras, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a esta y haber sido aquella vez felices».

Las ciudades Invisibles, Italo Calvino

Crecí entre las estrechas calles del centro histórico de Quito. La casa de mi infancia estaba sobre la calle Cuenca, frente a la Iglesia de la Merced. En aquel entonces, me bastaba con salir por el balcón para encontrarme, a pocos metros, con la imponente vista de la campana de aquella centenaria Iglesia. Escucharla también me era muy cotidiano y familiar: sus campanadas sonaban para llamar a los feligreses a las misas, los rosarios y las procesiones.

Hacia el sur, en la misma calle Cuenca, se ubicaban cuatro tiendas de abarrotes; todas vendían helados de coco caseros y aunque los helados de coco son la cosa más sencilla y fácil de preparar, cada uno de los dueños tenía su propia receta que los convertía en golosinas únicas y diferentes. 

Otro lugar que me trae recuerdos es la Plaza Grande y sus cafeterías instaladas bajo el atrio de La Catedral. Ingresar en ellas es toda una aventura: sus puertas son estrechas y el techo es bajísimo y caprichoso, tan caprichoso, que se une a las paredes formando ángulos redondeados.

Permanecer en el interior de estas cafeterías, brinda la sensación de estar dentro de una cápsula. Una cápsula perfumada con olor a quaker de naranjilla, café pasado y pernil. En consecuencia, quaker y sánduche de pernil era lo que yo degustaba en aquellas tardes inolvidables de mi infancia. Mientras tanto, mi padre, muy ceremonioso, solo tomaba café. 

Cuando era niña, El Madrilón, el emblemático café fundado en la segunda mitad del siglo viente, se ubicaba sobre las calles Chile y Benalcázar. Sus comensales eran asiduos clientes de los sánduches de pollo y los ponches. Ponches preparados con huevo, canela y vainilla que perfumaban con delicadeza aquella amplia y acogedora estancia. Ponches que mi padre me pedía mientras él, para variar, solo tomaba café.

En otras ocasiones, mi padre me llevaba al Meneses, un café ubicado sobre la Chile y Guayaquil que funcionaba desde los años cincuenta de aquel siglo XX. Cuando la elegante mesera me pasaba la carta, yo elegía el helado más grande y vistoso: 

-Banana split, por favor, con doble porción de crema chantilli. 

Mi papá, siguiendo su costumbre, se pedía un café. Yo lo miraba incrédula, pensando que, si fuera más grande, me pediría no solo la banana split sino también una torta de fresa y también un milk shake, otra de las especialidades del Meneses.

Los años han pasado implacables. Ya no vivo en la casa cercana al campanario de La Merced. Sin embargo, siento una atracción inexplicable hacia el centro histórico de Quito. Hasta antes del diez y seís de marzo del 2020, esa atracción inexplicable me llevaba a recorrerlo de forma religiosa una vez a la semana. Las tiendas de helados de coco son un recuerdo lejano y casi borroso; en su lugar, bazares de venta de artículos varios se han instalado.

 Las cafeterías del atrio de la Compañía han sobrevivido al tiempo y en su interior siguen encapsulados sus aromas emblemáticos, así que hago mi obligatoria parada; solo tomo café, como lo hacía mi padre cuando yo era niña. Cuando voy al Madrilón, que ya no se ubica en la Benalcazar y Chile sino en el Pasaje Tobar, también me pido un café:

-Bien cargado, por favor. 

La mesera me sonríe. Me conoce desde niña y siempre que me despido me dice en un tono que otorga la familiaridad del tiempo:

-Salude a su papá.

Le doy una propina, le devuelvo la sonrisa mientras le respondo:

-Muchas gracias, así lo haré.

Mientras me alejo, no dejo de pensar en los clientes asiduos del Madrilón. Son todos señores de la tercera edad y hablan de política. Pero no de la actual, sino de la que se escribió cuando ellos eran jóvenes, allá por los años 1960 y 1970: Velasco y Bombita, los militares, la dictadura, el primer barril de petróleo.

A más de seguir atenta sus conversaciones, analizo su vestimenta. Siempre llevan traje a juego con sombrero de paño o boina y mientras platican, piden tintos; acto seguido, sacan una botellita envuelta en una funda de papel y le agregan un chorrito de su contenido a los tintos.

En mi recorrido habitual, la siguiente semana, es el turno de la cafetería Meneses. Repito el ritual: 

-Un cafe. Bien cargado, por favor. Como en el Madrilón, la mesera me sonríe con familiaridad:

-¿Ya no pide banana split?, me pregunta.

-No, le contesto. Ahora soy una persona seria.

Las personas serias, a más de tomar café, visitan joyerías, librerías, museos, bibliotecas, tiendas de antigüedades . Así que como toda una persona seria, ingreso a una joyería ubicada en la calle García Moreno. Un amable y solícito señor de la tercera edad me  da la bienvenida con una sonrisa.

Entro con un poco de recelo, observo las pocas y empolvadas joyas que todavía le quedan para la venta, además de algunas antigüedades. Pongo más atención y sobre una de las paredes veo un título enmarcado. Leo “Orfebre Profesional, 1968”. Le pregunto al señor si él es el dueño de ese título que cuelga de la pared y me responde:

-Sí, a la orden.

-Ya no hay muchos orfebres en Quito-le comento.

-No, quedamos muy pocos.

Reflexiono y me digo: “no quiero que estos espacios desaparezcan sin dejar rastro, como les pasó a las tiendas de los helados de coco de la calle Cuenca. Así que un día regresaré, le haré una entrevista a este señor orfebre y publicaré un libro sobre su tienda y el resto de lugares únicos que sobreviven en las calles del  centro histórico de Quito. De esta forma, su existencia se preservará en la memoria y el tiempo. También guardaré en ese libro al Madrilon, el Meneses, a las cafeterías del atrio de la Catedral y a todos los lugares que solo existen en este mágico lugar de la capital ecuatoriana.”

Ya no tuve tiempo. Llegó la pandemia del coronavirus. La semana pasada salió en el periódico que el Meneses cerró, despues de setenta años de existencia. Hace cien días que no recorro las calles del centro historico. Lo siento tan cerca y a la vez tan lejos. No sé cuándo terminen las restricciones por la pandemia. No sé cuándo voy a volver.

Cuando regrese, ¿cuántos lugares habrán desaparecido? Hay noches que no puedo dormir y me pregunto ¿por que no lo hice cuando pude? Siempre pensé que tenía mucho tiempo. Ahora, ya es tarde.

Segunda parte: doscientos setenta días

«La ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos».

Las ciudades invisibles, Italo Calvino
Atardecer en el centro histórico de Quito en diciembre del 2020.

Es el mes de diciembre del 2020. Las medidas de seguridad y las alertas por la pandemia del coronavirus se mantienen inalterables. Pese a ello, siento una necesidad incomprensible de recorrer las calles del centro histórico. Un martes me decido a salir. Tomo todas las precauciones. En menos de treinta minutos estoy en el lugar.

Avanzo hacia el sur por la García Moreno y me detengo a contemplar a un señor que tiene un gatito al que lo alimenta mientras cuenta la historia de cómo lo halló en Huaquillas, flaco y moribundo. El señor lo rescató. Ahora, él y el gato, le sacan una sonrisa a los transeúntes a cambio de unas monedas.

Continúo mi recorrido y en la Guayaquil, a unas pocas cuadras antes de llegar a la Plaza de Santo Domingo, me llama la atención un almacén de artesanías de cuero. Veo una pequeña cartera roja. Caigo en cuenta que la mía es demasiado grande para realizar este tipo de periplos, que me pesa demasido, que me incomoda.

Al interior, me recibe una sonriente señora de la tercera edad . Me cuenta que las artesanías las elabora su hijo que heredó el arte de la talabatería de su padre.

Levanto la vista. En un rincón veo una maleta que, se nota a leguas, fue elaborada hace mucho tiempo:

-Por lo menos hace cuarenta años-me informa la amable señora.

-Con estas maletas, mientras mi esposo elaboraba los artículos de cuero, yo recorría el país y las vendía por montones. Eran bien demandadas-concluye.

Compro la cartera roja, me despido de la señora sin antes prometer que regresaré por la maleta. Tengo una fijación con las cosas antiguas, esa maleta me parece una excelente adquisición. Empino hacia el occidente. Encuentro en una esquina un puesto de revistas, las contemplo con atención. Son ediciones de antes de marzo del 2020. Veo una fotografía que circuló con mucha frecuencia en las redes sociales. Es la esposa del presidente Moreno en la portada la revista Hola. Su elegancia contrasta con la pobreza que existe en los alrededores.

Estoy cerca del Pasaje Tobar así que decido hacer una parada en el Madrilón que se ubica en su interior.

Un pequeño letrero me recuerda que este café funciona desde 1957. La mesera me comenta que hasta él llegaron para servirse café, ponche o sánduche de pollo, personajes como León Febres Cordero o el mismísimo Rey Juan Carlos de España.

Tomo algunas fotografías más. Mientras tanto, la mesera me comenta que los señores jubilados que a diario llenaban las mesas del fondo hasta antes de marzo del 2020, ya no han regresado.

Ordeno mi café cargado. Mientras lo sirven, miro a mi alrededor; una figura de Santa me recuerda que la Navidad está cerca. «Es la primera vez que estoy en este lugar completamente sola», me digo para mis adentros, mientras recuerdo las veces que estuve en el Madrilón buscando una mesa desocupada.

Me despido de la mesera, ella manda saludos para mi padre. Yo le agradezco, dejo una propina, me retiro pensativa. Tengo una sensación agridulce. Me alegre hallar abierto el Madrilón. Pero me entristece constatar que está desierto. «Si un día vengo y ya no lo hallo?», me pregunto. La tristeza me invade. El corazón se me encoje.

Cruzo por el Pasaje Amador. Me detengo frente a un local de fotografías que sobrevive al tiempo en que se tomaban fotos de carné o se acudía hasta el estudio de un fotógrafo profesional para que retrate a los miembros de una familia o a personajes de otras épocas.

Me detengo a mirar los escaparates. Hay fotografías de familias, de religiosas, de sacerdotes, de expresidentes. «Tiempos aquellos», pienso. Me gustaría entrevistar al fotógrafo. Una señora me recibe. Me dice que no está, que solo atiende bajo cita.

Cuando caigo en cuenta, son casi las dieciocho horas así que para terminar la tarde, pienso en visitar las cafeterías del atrio de La Catedral. Llego a la Plaza Grande y me encuentro con que están cerradas. Pregunto a una señora que atiende un puesto de caramelos en los alrededores si todavía las abren. Me contesta que sí, que siguen abriendo, pero no con regularidad.

A pesar de no poder ingresar a estas cafeterías de esquinas redondeadas, me marcho con una alegría en el fondo de mi alma. La niña que vive en mí, que tantas veces fue feliz frecuentando estos sitios, brinca mientras me dice en un murmullo acercándose a mi oído: «no te preocupes, regresamos la próxima semana «.

Gentrificación, la estrategia del abandono

Es la media tarde de un martes del mes de enero del 2021. Sin embargo las calles del centro histórico de Quito, en La Loma, se hallan desoladas. Camino por sus aceras acompañada únicamente de mis pensamientos.

A pesar de ser un sector emblemático de la capital ecuatoriana y los inmuebles que lo ocupan son parte del inventario patrimonial, lucen descuidados.

De todas formas, es imposible no quedar perplejo frente a sus fachadas, sus portones, sus chapas y sus piedras centenarias. ¿Qué historias guardan?, ¿qué pasó con aquellos que cruzaron por estos umbrales?, ¿dónde están ahora?

Sigo mi recorrido en solitario y me detengo ante este detalle en la fachada de una casa ubicada en la calle Leopoldo Salvador. ¿Por qué su belleza es indifrente a las autoridades?

¿Será porque existe un plan macabro llamado gentrificación y para llevarlo a cabo es preciso que el sector se arruine y desvalorice?

A pocas cuadras encuentro esta obra de arte en lo alto de un portón. Camino unos pasos y descubro que a esta hermosa casa colonial ¡la han convertido en parqueadero! La casa está en ruinas: vigas y paredes despostilladas es lo único que queda. No lo puedo fotografiar, «propiedad privada», me dice el empleado.

Siento el corazón encojido, la impotencia me invade. Decido pasar este trago amargo con un ponche en mi cafetería favorita del centro histórico de Quito, el Madrilón.

Rogelio Tuquerrez: «confeccionar guitarras requiere conocimiento y paciencia»

Rogelio Tuquerrez es uno de los treinta ebanistas que quedan en Quito y confeccionan instrumentos de cuerda de forma artesanal. Rogelio, según sus propias palabras, comenzó en este oficio por casualidad. Hace treinta y cinco años, durante su adolescencia, se inició como ayudante de carpintería y posteriormente ingresó de aprendiz en uno de los talleres más grandes y reconocidos de la época, Guitarras Núñez, ubicado en las inmediaciones del río Machángara en el sur de Quito.

Rogelio cuida la calidad de sus creaciones desde el momento que selecciona la materia prima. La mejor madera para elaborar estos instrumentos musicales proviene de árboles como el nogal, capulí y pino importado; posteriormente, la madera seleccionada debe pasar por un proceso de secado para lo que se utilizan hornos especiales.

Para elaborar sus guitarras, a más de la excelente calidad de las materias primas, Rogelio no escatima tiempo en cuidar el más mínimo detalle durante su elaboración. Del riguroso cuidado que pone en todo el proceso, depende el resultado final que se traduce en productos que se caracterizan por su sonido y presentación impecables.

El taller de Rogelio Tuquerrez está ubicado en las inmediaciones de la Plaza de Santo Domingo, en la calle Rocafuerte. A Rogelio le preocupa el abandono de las autoridades a esta y todas las zonas del centro histórico. A pesar de ser parte del patrimonio inmaterial de Quito, el local de Rogelio está rodeado de indigentes y prostitutas, lo cual dificulta la afluencia de clientes.

SER MUJER INDÍGENA EN ECUADOR. SER FEMINISTA EN ECUADOR

Por Aliciadorada

Las mujeres en Ecuador,  aunque parezca increíble, en pleno siglo XXI todavía tenemos que luchar por acceder  a derechos básicos y consagrados universalmente como la educación, especialmente en los segmentos históricamente olvidados por las autoridades, los políticos y la propia sociedad en su conjunto.

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Así lo demuestran las estadísticas,  ya que en cuanto a cifras de analfabetismo, las mujeres indígenas son las que encabezan el grupo, con un 26,7%, frente a los hombres indígenas que están en el grupo de analfabetismo con el 13,7%.  Las mujeres mestizas y blancas (auto denominación étnica que usan las propias encuestadas), no llegan al 6% de analfabetismo;   eso sí, la brecha se mantiene en la mitad en cuanto a analfabetismo de hombres de los mismos grupos étnicos.  Para completar este análisis, también hay que revisar cifras de acceso a la educación en cuanto a áreas rurales y urbanas.  Mientras en las áreas urbanas el analfabetismo en mujeres alcanza el 3,3%, en las áreas rurales, triplica la cifra , es decir, llega al 9,6%.

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Para profundizar en el análisis, es pertinente, además, citar los motivos de deserción escolar y de impedimentos para acceder a educación, según género:  por quehaceres del hogar, un 17,7% de mujeres abandonan sus estudios, frente a un 0,5% de hombres.  Porque la familia no le permite estudiar (así lo reporta el INEC), el porcentaje en mujeres es de 3,2%, frente al 0,1% de hombres.  Por embarazo, 14.051 mujeres, es decir el 2,5% y obviamente, en hombres este porcentaje es del 0%.

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Las provincias más pobres y con más alto índice de población indígena, tienen porcentajes más altos de exclusión del derecho a educación para las adolescentes entre 12 y 17 años.  En Cotopaxi, por ejemplo, el porcentaje en hombres excluidos del derecho a educación  es de 10%, frente al 21% de mujeres.  En Cañar, otra de las provincias más pobres y con más alto número de población indígena,  los hombres excluidos del sistema de educación suman un porcentaje de 11% en hombres y 26% en mujeres.

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A la par que las niñas y las adolescentes son las que menor acceso a la educación tienen, también son las que mayor tiempo dedican a las labores no remuneradas del hogar y es así como, desde pequeñas, las niñas normalizan y naturalizan este trabajo. Según el estudio independiente Por Ser Niña,  las niñas dedican 18, 72 horas semanales a tareas domésticas.  A medida que crecen, esta carga horaria aumenta y las adolescentes realizan 31,77 horas semanales de dichas tareas domésticas. Los adolescentes varones, dedican a las mismas labores 10 horas a la semana.  Solo un 13, 5% de estas niñas y adolescentes, reconoce que está haciendo un trabajo.

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Este trabajo no remunerado hace que descuiden sus estudios o que le dediquen menos tiempo a actividades propias de ser niñas, como jugar.  Este estudio además demuestra que las niñas empiezan a trabajar en tareas domésticas desde los cuatro años y se dedican a todo tipo de tareas:  cuidar animales, acarrear agua, cuidar a sus hermanos menores y realizar las labores de la casa, incluidas las de cocina.

Las mujeres adultas reproducen estos patrones en sus hogares, ya que ellas realizan mayoritariamente trabajo del hogar no remunerado:  16,1% de mujeres frente a 5,4% de hombres.  En el área urbana este porcentaje es de 9,3% de mujeres frente a 2,9% de hombres. En las áreas rurales, la brecha sube de 3 a 4 veces, ya que las mujeres dedican al trabajo no remunerado del hogar, un porcentaje del 32%, frente al 9,9% de los hombres.

Los datos hasta aquí presentados, corresponden al INEC y son del 2012.  Unicef posee datos más actuales (2015).  En cuanto al cuidado de los niños y niñas menores de 5 años, éstos son cuidados por sus madres en un 77%.  En el caso de los padres la cifra alcanza tan solo el 1%. Únicamente en el 5% de los hogares ecuatorianos, la proporción del cuidado está distribuido entre padres y madres por igual.

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Estas brechas tan amplias en educación, tareas domésticas no remuneradas y cuidado de los hijos, se acentúan ya que todavía en la sociedad ecuatoriana está muy arraigada la creencia de que las mujeres deben ocuparse de las tareas del hogar porque ese es su rol único y principal.  Es por eso que en países como Ecuador, es indispensable un movimiento feminista incluyente con las mujeres más vulnerables para que ellas tengan acceso a los derechos más elementales, entre los que se halla el acceso a educación.

PARA MIS JEFES, MI ERROR FUE EMBARAZARME

A petición expresa de la denunciante, señora Viviana Vizueta, con documento de identificación número 2100096169, el equipo de Malcriadas, publica su denuncia:

PRIMER MOMENTO

Cuando ingresé a la Junta  Cantonal de Protección de Derechos de la Niñez y Adolescencia de Lago Agrio,  el 10 de marzo del año 2017, lo hice con muchas expectativas, ya que gané un concurso de merecimientos y oposición y además me trasladé desde la ciudad de Quito para desempeñarme en mi nuevo trabajo.  Sin embargo, desde el inicio tuve momentos de inflexión con la señora Gladis Becerra, también miembro de dicha Junta.  Es así, que en un inicio, las integrantes de la Junta la nombramos a ella como Coordinadora y en mayo de ese mismo año, la designación recayó en mi persona;  esta acción se le hizo conocer al señor Alcalde Abogado Vinicio Vega y en julio de ese mismo año, a partir de mi embarazo, se me informa en reunión que el señor Alcalde ha decidido que la nueva Coordinadora es la señora Gladis Becerra.  Las Juntas se organizan así mismas y por su autonomía, pueden elegir internamente quién es su Coordinador/a y demás elementos,  siendo arbitrario cuando un ente externo, en este caso el señor Alcalde de Lago Agrio, decide sobre las decisiones ya tomadas; cabe recalcar que el señor Alcalde nunca mantuvo una reunión con mi persona, es decir bajo ningún informe que sea de mi conocimiento realizó este cambio:

SEGUNDO MOMENTO

Quedé embarazada en julio del 2017, y en agosto del mismo año, mi situación de salud se complica, por lo que, para precautelar el buen fin de mi embarazo, los médicos recomiendan un reposo de 30 días.

Con fecha 23 de octubre del año 2017, el Alcalde de Lago Agrio, Abogado Vinicio Vega, en presencia de la señora Vicealcaldesa, Evelin Ormaza y las otras dos integrantes de la Junta, las señoras Angélica Villacís y Gladis Becerra (quien durante dicha reunión me humilla y presiona por mi renuncia) me pide la renuncia por mi condición de salud y me dice que después del parto, él me puede colocar en otra área dentro de la institución.  También me informa que se me receptarán, exclusivamente, certificados médicos del IESS-Nueva Loja y de Quito, solo si el IESS Nueva Loja me trasfiere hacia allá. Me acerqué de forma verbal a pedir una explicación en el IESS sobre este particular, instancia que a través del Dr. Prado me manifestó que él no ha solicitado que la atención sea únicamente del IESS, pero sí sugiere que me haga revisar en el IESS-Nueva Loja.  En el IESS me asignan la cita para el área de ginecología el día 28 de diciembre del año 2017, es decir, tres meses después.   De esta reunión, tengo como respaldo un video.

Estoy a pocos días de dar a luz y sigo trabajando en este ambiente hostil que me ha creado una esfera de estrés, depresión, y tristeza,  por lo que he tenido que tomar tratamiento psicológico en el IESS-Nueva Loja.

TERCER MOMENTO

Para poder realizarme los controles médicos, me sujeto a una lucha constante con la Institución municipal, pese a que, hacerlo está garantizado como un derecho irrenunciable y respaldado legalmente.  En el colmo del abuso, han llegado incluso a negarme los permisos con cargo a vacaciones.

La denuncia de acoso laboral en contra del señor Alcalde de Lago Agrio, Vinicio Vega y  la señora Gladis Becerra,  la presenté en el Ministerio del Trabajo con fecha 09 de noviembre del año 2017.  Hasta el día de hoy, no hay ninguna respuesta.  Ante este silencio,  y en mi búsqueda de justicia, presenté otra denuncia en el Consejo Nacional de Género en Quito, esta institución la trasladó a la Defensoría del Pueblo en Quito y la Defensoría de Lago Agrio la acogió.

CUARTO MOMENTO

Para salvaguardar mi salud y velar por el cumplimiento de mis derechos, he recurrido a solicitar  Medidas Cautelares, donde solicito explícitamete que de acuerdo a  ley, pueda hacer uso de la licencia por maternidad.  Faltan dos semanas para la fecha del nacimiento de mi hija, y recién, el día de mañana se dará la audiencia para que la justicia decida si acoje mi petición de Medidas Cautelares y que los denunciados, el señor Alcalde de Lago Agrio, Vinicio Vega y  la señora Gladis Becerra sean sancionados por violentar mis derechos de mujer embarazada y por acoso laboral del que he sido objeto.

He recurrido a hacer público mi caso, porque a pesar de que la Ley me respalda, todavía existe gente que cree que su efímero poder, está por encima de los derechos de los  demás, incluso de la lógica común.  Porque su irresponsabilidad, prejuicios e intereses mezquinos, han puesto en riegos mi vida y la de mi hija.  Es por ello que exijo una sentencia que cree precedente,  para que este tipo de abusos no se cometan contra otras mujeres, cuyo único delito es embarazarse y tener un empleo a la vez.

 

HUÍ DE MI ESPOSO VIOLENTO, AHORA ÉL RECLAMA A NUESTRA HIJA

El propósito de esta publicación es contar mi historia que como muchas de las historias de mujeres que han sufrido violencia de género, tiene un elemento en común, la dinámica de control y poder ejercida por el hombre, que en este caso, se suponía era la persona que juró protegerme y cuidarme.

Regresé a Ecuador desde Estados Unidos hace exactamente un año junto con mi hija quien ahora tiene 6 años. Mientras cursaba mi programa de doctorado en ese país, me casé con David Yépez, ciudadano americano-ecuatoriano. Él es veterano de la guerra de Irak, y en el año 2012 le diagnosticaron Esclerosis Múltiple, una enfermedad crónica de carácter degenerativa la cual no tiene cura. Debido a esta enfermedad él se ha visto afectado principalmente en la parte cognitiva, además de tener una afectación en la parte física. Algunas de las características de esta enfermedad que él manifiesta, incluyen la pérdida de memoria, depresión, problemas para enfocarse y razonar, falta de empatía, control de humor, episodios de violencia. Tengo que señalar que estos síntomas han ido incrementando en severidad y frecuencia hecho por el cual ha sido medicado para cada uno de estos síntomas. Aún más, el gobierno americano le ha dado un porcentaje de discapacidad del 60%. A pesar de la severidad de su enfermedad él siempre estuvo reticente a recibir tratamiento, siempre se negó a tomar las medicinas y nunca realizó las terapias de psiquiatría que su neurólogo le pidió seguir. Solamente toma medicación para disminuir el progreso de la Esclerosis Múltiple (aunque no tiene cura, la enfermedad siempre seguirá progresando). A pesar de que él ha sufrido de estos síntomas desde el 2012, todo empeoró en el año 2016. En octubre de ese año decidimos separarnos. Y, aunque al principio fue en términos amigables, la situación se tornó insostenible. El empezó a actuar de forma paranoica y violenta-agresiva. Me vigilaba todo el tiempo, instaló softwares para espiar mi computadora y mi teléfono. No me permitía ni siquiera ir al baño sola. Yo no podía cerrar la puerta ni para usar el inodoro, peor para bañarme. Dormía en la puerta de mi cuarto. Cada vez que salíamos de la casa, él, mi hija y yo, revisaba mis bolsillos, mi bolso, a veces hasta mi cuerpo.  Todo esto es únicamente una muestra de lo que viví y soporté durante este tiempo.

Durante el tiempo que residí en Estados Unidos, tuve una visa de estudiante que me permitía poseer el estatus de inmigrante legal. Y aunque he estado casada por 7 años con un ciudadano estadounidense, nunca tuve la intención de quedarme a vivir en Estados Unidos. En parte debido al hecho de que una proporción del valor de mis estudios fue financiada con una beca del Senescyt, lo que hacía inevitable el tener que regresar a Ecuador a devengar mi beca. De esta circunstancia el papá de mi hija estaba totalmente al tanto y estuvo de acuerdo con el hecho de que teníamos que regresar. En medio de estas circunstancias, apliqué para obtener la residencia en Estados Unidos. El proceso de petición al gobierno estadounidense para que me otorguen la residencia fue iniciado por él ya que la única vía de obtenerla es a través del matrimonio con un ciudadano estadounidense. Una vez que envié mi aplicación, mi visa de estudiante se canceló. Así desde octubre del 2016 poco antes de tener que regresar a Ecuador, el nivel de violencia psicológica que él ejercía conmigo culminó con la constante amenaza de que nunca más iba a ver a mi hija si regresaba a Ecuador. Él llegó a mencionar que si regresaba lo tendría que hacerlo sin ella y que iba a retirarme mis papeles de inmigración y denunciarme ante las autoridades. Así en febrero del 2017 recibí una llamada de mi abogado de inmigración para avisarme que él, mi esposo, había retirado la petición para mi residencia con lo que yo me había convertido en una inmigrante ilegal. El abogado me dijo que tenía una semana para irme del país antes de que oficialmente se formalice la anulación del proceso. Hablé con dos abogados más en Estados Unidos y ambos coincidieron en lo mismo. No tuve otra opción más que irme de allá con mi hija. Yo tenía que abandonar el país antes de que él me denunciara en inmigración y empiecen el proceso de deportación. Jamás podría haberme ido sin mi hija, no habría podido dejarla con él, sabiendo los problemas mentales que tiene.

Apenas llegué a Ecuador tramité la ciudadanía ecuatoriana para mi hija y pedí se me otorgue su custodia ante un juez, quien me la otorgó en base a los argumentos legales que presenté. Sin embargo, hace 2 semanas recibí las citaciones para un juicio de restitución internacional que me el Ministerio de Justicia en representación de él, mediante el Acuerdo de La Haya. Esta demanda es, a todas luces, injusta y no busca la restitución de mi hija a un lugar que le brinde seguridad emocional, física y psicológica. . Durante todo este año que hemos permanecido en Ecuador, el padre de mi hija no se ha interesado en saber cómo se encuentra ella. Jamás ha llamado ni ha tratado de averiguar por mi hija. Ni por su cumpleaños, ni en Navidad, nunca se pronunció. Él sabe dónde vivo, el teléfono, mis correos, pero jamás ha tratado de comunicarse. Es por esto que no entiendo por qué ahora se hace presente con un juicio por restitución. Solo espero que la decisión que tomen los jueces, sea amparada en el bienestar superior de mi hija, que en este caso es la más importante.

¿SIN MANOSEO EN PARTES ÍNTIMAS NI PENETRACIÓN, NO HAY VIOLENCIA SEXUAL?

En base a este argumento, en septiembre del 2017, los jueces declararon inocente a Mario,  pofesor de Daniela Ortega en el colegio Hipatia Cárdenas en Quito.  El testimonio de la adolescente narra que el profesor Mario, alabó sus piernas,  le alzó la falda, le hizo un corazón con esfero en la pierna e intentó besarla.

Daniela Ortega nos cuenta su testimonio e invita a apoyarla en su búsqueda de justicia, que lleva ya 2 años. El martes 20 de febrero del 2018 a las 8:00am en la Corte Provincial de Justicia (Diego de Almagro y 6 de diciembre, frente a la plaza Argentina), se realizará la Audiencia de apelación en su caso. Acompañemos a Daniela, los esperamos.